La farsa

La ciencia no es algo nuevo. Ya desde nuestros inicios aquí en la tierra hemos intentado comprender el mundo que habitamos. Los  primeros en hacerlo, los primeros científicos, fueron hechiceros, quienes trataban de descubrir la relación que existía entre los espíritus de la naturaleza y el hombre. Sus conjuros y otras de las cosas que hacían muchas veces tuvieron resultados altamente científicos, y la medicina, por ejemplo -sí, incluso la medicina moderna- está basada en su trabajo. En la antigüedad clásica pudimos ver trabajo mucho más científico, pero luego del advenimiento del judeocristianismo, la ciencia en Europa se vería interrumpida por cerca de mil años. Entonces, en el renacimiento, cuando resurgieron las ideas europeas (es decir paganas), pudimos salir de esta oscuridad asfixiante, y desde entonces hemos estado avanzando a la misma velocidad con que se retira el judeocristianismo.

Mas aún así, la ciencia nunca ha sido del todo honesta: incluso desde los comienzos, los hechiceros a menudo estaban conscientes de que al menos algo de todo lo que hacían no era más que patrañas, pero seguían adelante con la farsa para poder conservar su poder -como reyes-hechiceros y gobernantes de la sociedad.

Con el tiempo, la hechicería fue reemplazada por la religión (más bien un terrible obstáculo para la ciencia), para finalmente ser cambiada por la religión ‘de la razón’, la religión de la ciencia en sí misma; el sacerdote fue reemplazado por el científico, la palabra de “dios” por leyes científicas, la “creación” por el “Big Bang”, y el mesías fue reemplazado por Einstein. En vez de ser quemados vivos por dar cuenta del carácter ilógico del actual sistema de creencias, los críticos de la ciencia moderna son ridiculizados al máximo, y ‘castrados’ socialmente -o incluso diagnosticados con toda clase de horribles y vergonzosas enfermedades mentales. Si os atrevéis a cuestionar alguna de sus “leyes” o a señalar las facetas menos elogiables de Einstein, os atacarán brutalmente, ellos  y sus seguidores –id est los medios y otros esbirros del sistema.  O como podría también decirse, por los fanáticos de la nueva religión llamada “ciencia”.

Los científicos actúan igual que los sacerdotes del pasado: nos hablan de ‘milagros’ (de la ciencia) y nos enseñan su interpretación de los eventos, interpretación que la mayoría no tiene forma alguna de validar. Así pues, si un sacerdote os jura que sabe que Jesús caminó sobre el agua, vosotros no tenéis más que confiar en que realmente lo hizo. De la misma forma, si un científico os dice que tal o cual cosa es cierta, debéis confiar en que lo es. Sus colegas dan fe de que tiene razón, así que ¿por qué deberíamos dudar? Antes, la frase “dios lo ha dicho así” era suficiente para crear confianza y obediencia ciegas, y hoy en día la frase “está comprobado científicamente” cumple la misma función.

En la práctica, el hombre de hoy no es menos esclavo que antes de la voluntad de sacerdotes, hechiceros y sus patrañas.

La hechicería tenía sus espíritus, los sacerdotes tienen a su ‘mesías’, y la ciencia tiene a Einstein. Aún hoy no sabemos si los espíritus existen realmente, no hemos encontrado manera de probarlo o descartarlo, y si Jesús existió o no existió no tiene relevancia alguna, pues incluso si hubiera existido no significa que haya sido siquiera parecido a como los sacerdotes dicen que fue, y Einstein… Sí, ¿qué podríamos decir sobre Einstein? Dejaré que Ian Mosley nos cuente un poco sobre Einstein.

Así que Einstein fue un plagiario y un fraude. ¡El más grande y reconocido ícono de la ciencia moderna era un fraude! Interesante… Y ellos hacen todo lo posible por mantenerlo en secreto. Tal y como los hechiceros mantenían en secreto que su magia en realidad no funcionaba. Tal y como los sacerdotes mantienen en secreto que Jesús jamás existió, sino que es un personaje de ficción creado a través del plagio; robando ideas de otras religiones.

¿Es, entonces, el total de la ciencia un gran fraude? Por supuesto que no. Pero actualmente se está abusando de la ciencia moderna para mantenernos a todos esclavizados, para engañarnos, y asegurar que todos actuemos de acuerdo a las intenciones y motivaciones de los que están en el poder -es decir, quienes controlan la ciencia.

¿Qué nos queda entonces? ¿Desilusión? Sí. Y ¿dónde nos encontramos ahora? ¿Estamos en el mismo lugar donde empezamos, la hechicería? Pues en cierto modo sí. Seguimos sin tener idea alguna incluso sobre las leyes de la naturaleza, y podemos comprender -sólo con la razón- que mucho de lo que nos dicen los científicos es lisa y llanamente incorrecto. Esto, claro, si tenéis la valentía de pensar por vosotros mismos. El hecho de vivir correctamente pero en soledad le resulta a la mayoría más aterrador que el de caminar vergonzosamente junto con el rebaño hacia la perdición segura.

Necesitamos arrojar por la ventana todos los dogmas y partir de cero. Debemos desechar cualquier pizca de respeto que guardemos por los científicos y sus postulados, y tener la insolencia suficiente para cuestionar todo de nuevo. Hoy no preguntamos nada, porque se nos ha dicho que Einstein era un genio y que tenía todas las respuestas, y nosotros, demasiado estúpidos, no podríamos saber más que él. Pero no era un genio. Era un fraude, y muchos otros personajes de la ciencia lo son. ¿Cuántos?

Cuestionad todo lo que escuchéis. Pensad todo más de una vez para comprobar que tenga sentido. Si lo tiene, creed en ello. Si no, no os fiéis. No importa lo que digan los científicos; no os fiéis de ellos. Mejor confiad en vuestro razonamiento.

¡Salve WôðanaR (Odín), el razonamiento con forma humana!

 

Título original: “The Charade”

Traducido por Pablo Lintz para Thulean Perspective

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Un pensamiento en “La farsa

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